La obra de Tania Tolsá nace de la admiración por la estética y la belleza silenciosa del cine clásico. En aquellas mujeres de pantalla, encuentra algo más que gestos perfectos y miradas enmarcadas por la luz: descubre voces contenidas, historias nunca dichas y una fuerza que el tiempo intentó ocultar tras el brillo.
Gracias a su abuela, de la que toma su apellido, le ha enseñado lo fuerte y valiente que se puede ser en la vida y lo rápido que pasa. También le enseño a sentir la vida como se sienten las texturas, las lanas y las telas con las que se crío.
Por eso borda. Porque la aguja lenta, repetida y textil tiene capacidad para contarlo y repararlo todo.
Tania Tolsá emplea la técnica del punch needle – que tradicionalmente ha estado vinculado al bordado doméstico y femenino – y le da otro significado, otra vuelta, una interpretación de la historia que se queda grabada para siempre en hilo.
El bordado le permite construir belleza desde la textura, desde la caricia, desde el volumen. Cada puntada es un acto de reivindicación, y cada relieve que emerge del lienzo —sombreros que se escapan del cuadro, curvas que respiran— rompe la frontera entre la imagen y la vida.
El hilo se convierte en carne; la textura, en actitud. El proceso es lento y ritual: cada punto es un acto de resistencia que demuestra que la suavidad del bordado puede sostener la fuerza de un golpe.
Tania Tolsá crea siluetas, contornos y relieves e invita al espectador a completar la historia con su propia memoria y lucha. Las siluetas funcionan como espejos deformes: ¿qué parte de ellas reconoceremos en nosotros mismos?
El bordado, frágil y tenaz, es metáfora de la feminidad que se cose y se descose, que se rompe y se rehace.