Hay paisajes que no solo se contemplan, sino que se viven, que te absorben a medida que te adentras en ellos. El **Estany Negre**, situado a las puertas del Comapedrosa, es para mí uno de esos lugares. Con cada paso, su presencia se intensifica, su fuerza me arrastra sin resistencia, hasta que el paisaje y yo nos confundimos.
Las cuatro imágenes de esta pieza son un recorrido, una inmersión gradual en este espacio que me acoge y me envuelve. Desde la cima del **Comapedrosa**, el lago es un punto lejano, una mancha oscura en medio de la inmensidad. Un poco más abajo, la montaña lo enmarca entre sus imponentes laderas, como si lo protegiera. Más cerca aún, el agua asoma entre las paredes de roca y la vegetación que lo rodea. Y finalmente, la inmersión: solo agua, solo roca, solo presencia.
El **Estany Negre me engulle**, pero no me pierdo en él, me encuentro. En su quietud hay una fuerza hipnótica, una fascinación que me arraiga al momento presente. Un espacio de plenitud donde el tiempo se dilata y todo lo que soy se disuelve en la profundidad silenciosa del agua.