El nombre de estas obras es su color y su tamaño.
En ellas, la artista replica su propio proceso de auto–creación: un diálogo constante entre materia y alma.
A lo largo del camino, Carmen ha ido reconociendo en cada color partes de sí misma.
Un proceso que nunca termina, porque siempre quedan vacíos por descubrir.
Con ello, invita al espectador a hacer su propia lectura del color, a apropiarse de la obra y de la experiencia.